VIVE DE FORMA QUE TRES VERSIONES DE TI PUEDAN SENTIRSE ORGULLOSAS

VIVE DE FORMA QUE TRES VERSIONES DE TI PUEDAN SENTIRSE ORGULLOSAS

Hay un ejercicio que cambió mi forma de tomar decisiones.

Es sencillo.

Solo necesitas imaginar una conversación.

En esa conversación está sentada la niña que fuiste.

También está la persona que eres hoy.

Y, frente a las dos, una mujer de ochenta o noventa años que ha vivido toda su vida y mira hacia atrás sabiendo que ya queda poco camino por recorrer.

Durante mucho tiempo pensé que solo debía responder ante mi yo del presente.

¿Qué quiero?

¿Qué me apetece?

¿Qué necesito ahora?

Pero con los años comprendí que nuestras decisiones nunca afectan únicamente a la persona que somos hoy.

También afectan a quien fuimos.

Y, sobre todo, a quien algún día seremos.

Por eso, cuando tengo que tomar una decisión importante, intento escuchar a esas tres versiones de mí.

La primera en hablar suele ser la niña.

Ella no piensa en dinero.

No piensa en prestigio.

No piensa en reconocimiento.

Solo quiere vivir.

Tiene curiosidad.

Hace preguntas.

Se emociona con facilidad.

Se sorprende por cosas que los adultos ya ni siquiera miran.

No tiene miedo a parecer ridícula cuando ríe.

No necesita justificar por qué sueña.

Con el paso de los años muchos dejamos de escuchar a esa niña.

La vida nos enseña a ser responsables.

Y está bien.

Nos enseña disciplina.

También está bien.

Pero, sin darnos cuenta, a veces confundimos madurar con dejar de ilusionarnos.

Olvidamos jugar.

Olvidamos crear.

Olvidamos maravillarnos.

Olvidamos esa parte de nosotros que era capaz de imaginar un mundo entero con muy poco.

Cada vez que dejo de escuchar completamente a esa niña, siento que algo dentro de mí empieza a apagarse.

Porque crecer no debería significar dejar de sentir curiosidad.

La segunda persona que participa en esta conversación soy yo.

La mujer que escribe estas páginas.

La que conoce sus miedos.

Sus contradicciones.

Sus heridas.

La que todavía se equivoca.

La que sigue aprendiendo.

Durante mucho tiempo intenté convertirme en la persona perfecta.

Después comprendí que era una batalla imposible.

Hoy ya no intento ser perfecta.

Intento ser coherente.

Intento que aquello que pienso, aquello que siento y aquello que hago se parezcan lo máximo posible.

No siempre lo consigo.

Pero ese es el camino que intento recorrer.

Porque una vida auténtica no consiste en no cometer errores.

Consiste en no traicionarte constantemente para agradar a los demás.

Y después aparece la tercera mujer.

Quizá sea la más sabia de las tres.

Tiene el cabello blanco.

Las manos marcadas por el paso del tiempo.

Ha vivido mucho más que yo.

Ha amado.

Ha perdido personas importantes.

Ha celebrado momentos inolvidables.

Ha llorado.

Ha vuelto a empezar.

Y ahora observa toda su vida con la perspectiva que solo dan los años.

Cuando imagino esa conversación, nunca la escucho hablar de dinero.

Nunca la escucho decir:

«Ojalá hubiera trabajado más horas.»

Tampoco dice:

«Ojalá hubiera preocupado más por lo que opinaban de mí.»

Siempre parece repetir las mismas ideas.

«Ojalá hubieras disfrutado más.»

«Ojalá hubieras tenido menos miedo.»

«Ojalá hubieras abrazado más.»

«Ojalá hubieras dicho antes lo que sentías.»

«Ojalá no hubieras esperado tanto para empezar a vivir.»

Esa anciana imaginaria se ha convertido en una especie de brújula.

Porque ella ya conoce el final de la historia.

Y sabe perfectamente qué cosas terminan importando de verdad.

Hay decisiones que cambian completamente cuando las observas desde esa perspectiva.

Aceptar un trabajo únicamente por miedo.

Permanecer en una relación que hace tiempo dejó de hacerte feliz.

Renunciar a un sueño porque otras personas no lo entienden.

Guardar silencio para evitar incomodar.

Todas esas decisiones parecen razonables cuando solo pensamos en el presente.

Pero cambian mucho cuando las observa alguien que está llegando al final de su vida.

Creo que uno de los mayores regalos que podemos hacernos es aprender a pensar a largo plazo.

No únicamente en términos económicos.

También en términos humanos.

¿Qué tipo de persona quiero ser dentro de veinte años?

¿Qué recuerdos quiero construir?

¿Qué clase de relaciones quiero cuidar?

¿Qué valores quiero que definan mi vida?

Porque, al final, nuestro carácter también se construye.

No aparece de repente.

Cada vez que eliges la honestidad en lugar de la mentira, construyes una parte de tu carácter.

Cada vez que eliges el valor frente al miedo, haces lo mismo.

Cada vez que decides actuar de acuerdo con tus principios aunque nadie esté mirando, estás construyendo a la persona que algún día mirarás en el espejo.

Vivimos en una época obsesionada con el éxito.

Pero pocas veces nos preguntamos qué significa realmente tener éxito.

Para algunas personas será el dinero.

Para otras, el reconocimiento.

Para otras, la libertad.

Con el paso del tiempo mi definición cambió por completo.

Hoy creo que el éxito consiste en acostarte por la noche sabiendo que no has dejado de ser tú para conseguir aquello que deseabas.

Porque existen victorias que, en realidad, son derrotas.

Y también existen derrotas que terminan convirtiéndose en las mayores victorias de nuestra vida.

Todo depende de aquello que estés dispuesto a sacrificar.

Nunca he querido llegar muy lejos perdiéndome por el camino.

Prefiero avanzar más despacio si eso significa seguir siendo fiel a quien soy.

Por eso vuelvo una y otra vez a la misma conversación imaginaria.

La niña me recuerda que no deje de ilusionarme.

La mujer que soy hoy intenta actuar con coherencia.

Y la anciana me recuerda que el tiempo pasa mucho más deprisa de lo que imaginamos.

Cuando las tres parecen estar de acuerdo, normalmente sé que voy por buen camino.

No porque la decisión vaya a salir perfecta.

Sino porque nace desde un lugar honesto.

Quizá nunca podamos vivir una vida sin errores.

Ni una vida sin miedo.

Ni una vida sin dolor.

Pero sí podemos aspirar a vivir una vida que, cuando llegue el momento de mirar atrás, nos permita sonreír con la tranquilidad de haber sido fieles a nosotros mismos.

Si algún día llego a convertirme en esa anciana que hoy imagino, me gustaría que pudiera mirar a la niña que fui y decirle:

«Lo conseguimos.

No vivimos una vida perfecta.

Pero vivimos una vida que mereció la pena.»

Y creo que, al final, eso es mucho más valioso que cualquier éxito que el mundo pueda ofrecer.