EL MAYOR FRACASO NO ES CAER. ES NO HABER VIVIDO.

EL MAYOR FRACASO NO ES CAER. ES NO HABER VIVIDO.

Hay una imagen que vuelve a mi cabeza una y otra vez.

Imagino que estoy al final de mi vida.

No sé cuántos años tengo.

Quizá ochenta.

Quizá noventa.

Ya no importa demasiado.

Lo único que importa es que el tiempo se ha acabado.

Miro hacia atrás y observo la historia que he construido.

No veo una sucesión de días.

Veo decisiones.

Personas.

Lugares.

Errores.

Aprendizajes.

Momentos que cambiaron mi forma de entender la vida.

Y entonces me hago una última pregunta.

¿Ha merecido la pena?

Creo que esa es la pregunta que, de una forma u otra, todos terminaremos haciéndonos.

No nos preguntaremos cuántos seguidores tuvimos.

Ni cuántas horas trabajamos.

Ni cuántas veces conseguimos impresionar a los demás.

Nos preguntaremos si vivimos de verdad.

Si fuimos fieles a nosotros mismos.

Si amamos con sinceridad.

Si tuvimos el valor de cambiar cuando era necesario.

Si aprovechamos el tiempo que nos fue regalado.

Porque la vida no se mide únicamente en años.

Dos personas pueden vivir exactamente el mismo tiempo y haber vivido vidas completamente distintas.

Una puede llegar al final con una colección de recuerdos.

La otra, con una colección de excusas.

Durante mucho tiempo pensé que el fracaso era no conseguir aquello que me proponía.

Hoy ya no lo veo así.

He fracasado muchas veces.

He tomado malas decisiones.

He confiado en personas equivocadas.

He perdido oportunidades.

He cambiado de rumbo cuando creía haber encontrado el camino.

Y, sin embargo, ninguno de esos momentos define mi vida.

Todos ellos me enseñaron algo.

Todos me obligaron a crecer.

Todos me hicieron convertirme en alguien diferente.

Por eso ya no temo tanto al fracaso.

Lo que realmente me da miedo es otra cosa.

Me da miedo acostumbrarme.

Acostumbrarme a una vida que no me hace feliz.

Acostumbrarme a decir siempre que sí por miedo a decepcionar.

Acostumbrarme a vivir en piloto automático.

Acostumbrarme a sobrevivir en lugar de vivir.

Porque la costumbre tiene una forma muy silenciosa de robarnos la vida.

No llega de golpe.

No hace ruido.

Simplemente convierte cada día en una copia del anterior.

Y, cuando queremos darnos cuenta, han pasado cinco años.

O diez.

O veinte.

Entonces aparece una pregunta incómoda.

¿En qué momento dejé de vivir la vida que quería?

Muchas veces no hace falta un gran desastre para perderse.

Basta con ir renunciando poco a poco a uno mismo.

Renunciar a un sueño.

Después a una ilusión.

Después a un viaje.

Después a una conversación pendiente.

Después a un proyecto.

Después a una parte de quienes éramos.

Hasta que un día apenas nos reconocemos.

Creo que una vida auténtica no consiste en hacer siempre lo que apetece.

Consiste en no traicionarse constantemente.

Habrá obligaciones.

Habrá responsabilidades.

Habrá momentos difíciles.

Eso forma parte de la vida.

Pero incluso dentro de esas circunstancias siempre existe un pequeño espacio para seguir siendo uno mismo.

A veces ese espacio consiste en decir la verdad.

Otras veces en poner un límite.

O en empezar de nuevo cuando todo parecía perdido.

O simplemente en no renunciar a aquello que sabes que da sentido a tu existencia.

Con los años he descubierto que las personas más libres no son necesariamente las que tienen más dinero.

Ni las que tienen más éxito.

Son aquellas que han conseguido construir una vida coherente con sus valores.

Una vida donde no necesitan interpretar un personaje para sentirse aceptadas.

Una vida donde pueden mirarse al espejo sin sentir que dejaron de ser ellas para conseguir la aprobación de los demás.

Eso, para mí, es libertad.

También he comprendido que nunca estaremos completamente preparados.

Nunca desaparecerán todas las dudas.

Nunca tendremos la certeza absoluta de que una decisión será correcta.

La vida no funciona así.

Vivir implica aceptar una parte de incertidumbre.

Y quizá ahí esté precisamente su belleza.

No conocemos el final.

Por eso cada decisión tiene valor.

Cada encuentro puede cambiarlo todo.

Cada despedida puede enseñarnos algo.

Cada día puede convertirse en el comienzo de una historia completamente distinta.

Cuando era más joven pensaba que la felicidad era un lugar al que algún día llegaría.

Hoy creo que la felicidad se parece mucho más a una forma de caminar.

No aparece cuando todo es perfecto.

Aparece cuando sentimos que estamos viviendo de acuerdo con aquello que realmente importa para nosotros.

Quizá nunca consigamos tener una vida sin dolor.

Sin pérdidas.

Sin errores.

Pero sí podemos construir una vida llena de sentido.

Y, cuando una vida tiene sentido, incluso los momentos difíciles encuentran un lugar dentro de la historia.

Si algo espero que quede después de este libro no es que recuerdes cada capítulo.

Ni cada reflexión.

Espero que recuerdes una idea muy sencilla.

No esperes a sentirte preparada para empezar a vivir.

No esperes a que desaparezca el miedo.

No esperes el momento perfecto.

Porque el momento perfecto casi nunca llega.

La vida ocurre mientras esperamos.

Y un día descubrimos que el tiempo siguió avanzando sin pedirnos permiso.

Ojalá, cuando llegues al final de tu camino, puedas mirar atrás con serenidad.

No porque todo haya salido bien.

Sino porque tuviste el valor de vivir una vida que realmente era tuya.

Porque, al final, el mayor fracaso nunca fue equivocarse.

El mayor fracaso siempre será descubrir, cuando ya no quede tiempo, que nunca nos atrevimos a vivir.