TODO ESTÁ CONECTADO

TODO ESTÁ CONECTADO

Si has llegado hasta aquí, quizá te hayas dado cuenta de que ninguno de los principios de este libro existe por separado.

No hablo del cuerpo únicamente para hablar de ejercicio.

No hablo del tiempo únicamente para recordar que la vida es corta.

No hablo del amor únicamente para hablar de relaciones.

En realidad, todos los principios hablan de lo mismo.

Hablan de aprender a vivir.

El movimiento nos recuerda que la vida está hecha para avanzar.

El tiempo nos recuerda que ese avance no es infinito.

El miedo nos recuerda que siempre encontraremos motivos para no dar el siguiente paso.

Las relaciones nos muestran quiénes somos cuando nadie nos obliga a fingir.

Las despedidas nos enseñan que todo lo que empieza algún día termina.

Nuestra mente nos recuerda que muchas de las batallas más importantes ocurren dentro de nosotros.

Y el pasado nos demuestra que comprender nuestra historia es importante, pero que no estamos condenados a repetirla para siempre.

Cada capítulo es una pieza distinta.

Pero todas forman parte del mismo puzle.

Con los años he descubierto que la vida no suele cambiar por una única gran revelación.

Cambia por pequeñas comprensiones que, poco a poco, empiezan a transformar nuestra manera de mirar el mundo.

Un día aprendes a poner límites.

Otro día dejas de perseguir a quien no quiere quedarse.

Otro decides cuidar tu cuerpo.

Otro dejas de vivir pendiente de la opinión de los demás.

Otro perdonas.

Otro vuelves a confiar.

Ninguno de esos momentos parece extraordinario cuando ocurre.

Sin embargo, cuando pasan los años y miras hacia atrás, descubres que fueron precisamente esas pequeñas decisiones las que construyeron una vida completamente distinta.

Muchas personas buscan una fórmula mágica para ser felices.

Yo no creo que exista.

La vida siempre tendrá momentos difíciles.

Siempre habrá pérdidas.

Siempre habrá incertidumbre.

Siempre habrá cosas que escaparán a nuestro control.

Pero también creo que existe una enorme diferencia entre sufrir porque la vida duele y sufrir porque nos resistimos constantemente a vivirla.

No podemos evitar todas las tormentas.

Pero sí podemos aprender a navegar mejor.

Quizá esa sea una de las mayores lecciones que me ha enseñado la vida.

No siempre elegimos lo que nos ocurre.

Pero casi siempre podemos elegir qué hacemos con ello.

Podemos convertir una decepción en amargura.

O en aprendizaje.

Podemos convertir una pérdida en una cárcel.

O en un punto de partida.

Podemos convertir el miedo en una excusa.

O en el lugar donde empieza el valor.

Cada experiencia nos ofrece ambas posibilidades.

La decisión siempre acaba siendo nuestra.

También he comprendido que crecer no consiste en convertirse en alguien completamente diferente.

Consiste en regresar, poco a poco, a la persona que habríamos sido si el miedo, las heridas y las expectativas de los demás no hubieran ocupado tanto espacio.

Quizá por eso el crecimiento personal no es una carrera.

No hay una meta donde, de repente, todo esté resuelto.

Siempre aparecerán nuevos retos.

Nuevos aprendizajes.

Nuevas preguntas.

Y eso no significa que estemos haciendo las cosas mal.

Significa que seguimos viviendo.

Con frecuencia me preguntan cuándo termina el proceso de conocerse a uno mismo.

Mi respuesta siempre es la misma.

Nunca.

Porque nosotros tampoco dejamos nunca de cambiar.

Cada etapa de la vida nos muestra una versión distinta de nosotros mismos.

La persona que eres hoy no será la misma dentro de diez años.

Y eso es una buena noticia.

Significa que todavía queda mucho por descubrir.

Si este libro pudiera resumirse en una sola idea, probablemente sería esta:

La vida no consiste en esperar a convertirte en alguien perfecto.

Consiste en intentar ser, cada día, un poco más consciente.

Más valiente.

Más libre.

Más amable contigo misma y con quienes te rodean.

No necesitas cambiarlo todo mañana.

Nadie transforma su vida de un día para otro.

Empieza por una decisión.

Una conversación.

Un límite.

Un paseo.

Un perdón.

Un hábito.

Una pequeña acción repetida muchas veces acaba convirtiéndose en una forma de vivir.

Y una forma de vivir termina convirtiéndose en una vida.

Ojalá dentro de muchos años, cuando recuerdes este momento, no pienses en este libro como un conjunto de consejos.

Ojalá lo recuerdes como una conversación.

Como una pausa.

Como una invitación a hacerte preguntas que quizá nunca te habías hecho.

Porque no creo que las respuestas cambien nuestra vida.

Creo que son las preguntas adecuadas las que tienen ese poder.

Y, si alguna de las páginas que acabas de leer ha conseguido que mires tu vida con un poco más de honestidad, de curiosidad o de esperanza, entonces todo el tiempo dedicado a escribir este libro habrá merecido la pena.

Al fin y al cabo, ese era el único propósito con el que empecé a escribirlo.