Hay personas que sueñan durante años con conseguir un trabajo mejor. Otras desean encontrar una pareja, comprarse una casa, viajar por el mundo o alcanzar cierta estabilidad económica.
Cuando finalmente lo consiguen, sienten una enorme felicidad.
Pero, pasado un tiempo, esa felicidad desaparece.
La casa deja de parecer tan especial.
El trabajo ya no ilusiona tanto.
La relación entra en la rutina.
El viaje se convierte en un recuerdo.
Y aparece una sensación difícil de explicar:
«Necesito algo más.»
Muchas personas interpretan esa sensación como un problema de ambición, de inconformismo o incluso de ingratitud. Sin embargo, gran parte de esa experiencia tiene una explicación psicológica.
Se llama habituación.
Y probablemente sea uno de los mecanismos más importantes para entender por qué el ser humano puede dejar de valorar incluso aquello que un día deseó con todas sus fuerzas.
¿Qué es la habituación?
La habituación es un proceso mediante el cual nuestro cerebro deja de responder con la misma intensidad a un estímulo cuando este se repite continuamente.
La primera vez que escuchas una alarma, llama toda tu atención.
Si esa alarma sonara durante horas, acabarías dejándola en un segundo plano.
Lo mismo ocurre con el olor de un perfume.
Con el ruido del tráfico.
Con la temperatura.
Con la decoración de tu casa.
Incluso con las personas que ves todos los días.
Nuestro cerebro no hace esto por casualidad.
Lo hace porque necesita ahorrar recursos.
Si prestáramos la misma atención a todos los estímulos que nos rodean durante todo el día, acabaríamos completamente agotados.
Por eso automatiza aquello que considera conocido para reservar energía ante posibles cambios o amenazas nuevas.
Desde un punto de vista evolutivo, este mecanismo resulta extraordinariamente útil.
El problema aparece cuando esa misma habituación deja de afectar únicamente a los estímulos neutros y empieza a influir sobre nuestra felicidad.
El precio de acostumbrarnos a todo.
Imagina que llevas años soñando con vivir frente al mar.
Trabajas duro.
Ahorras.
Renuncias a muchas cosas.
Finalmente lo consigues.
Los primeros días contemplas el amanecer desde la ventana con una ilusión inmensa.
Pero seis meses después apenas miras hacia fuera.
El mar sigue ahí.
Lo que ha cambiado es tu cerebro.
Lo ha convertido en parte del paisaje.
No porque haya perdido valor.
Sino porque ya no representa una novedad.
Esto ocurre continuamente.
Nos acostumbramos al coche nuevo.
Al móvil.
Al sueldo.
A la pareja.
Al éxito.
A la libertad.
Incluso a la felicidad.
Y cuando aquello deja de producir el mismo impacto emocional, tendemos a interpretar que necesitamos algo diferente.
Así comienza una búsqueda constante de nuevas metas.
Pensamos que el problema es que todavía no hemos encontrado aquello que nos hará felices.
Pero, muchas veces, el verdadero problema es que nuestro cerebro ya se ha acostumbrado a lo que tiene.
La adaptación hedónica: la carrera que nunca termina.
En psicología existe un concepto muy relacionado con este fenómeno conocido como adaptación hedónica.
Hace referencia a la tendencia que tenemos a volver, con el paso del tiempo, a un nivel relativamente estable de bienestar, incluso después de experimentar acontecimientos muy positivos o muy negativos.
Esto explica por qué ganar más dinero no garantiza una felicidad permanente.
O por qué muchas personas alcanzan objetivos que llevaban años persiguiendo y, poco después, vuelven a sentirse igual que antes.
No es que esos logros no importen.
Importan.
Pero su impacto emocional disminuye con el tiempo.
Nuestro cerebro deja de percibirlos como algo extraordinario y empieza a darlos por sentado.
El lado oscuro de la habituación.
Hasta aquí podría parecer un simple mecanismo relacionado con la felicidad.
Sin embargo, existe una consecuencia mucho más preocupante.
El ser humano no solo se acostumbra a las cosas buenas.
También puede acostumbrarse a aquello que le hace daño.
Una persona puede habituarse a vivir con estrés constante.
Otra puede acostumbrarse a dormir mal.
Otra puede normalizar la ansiedad diaria.
Incluso puede acostumbrarse a una relación donde existen faltas de respeto, manipulación o maltrato psicológico.
Eso no significa que esas situaciones sean saludables.
Significa únicamente que el cerebro deja de reaccionar con la misma intensidad porque las ha incorporado a su rutina.
Y ahí aparece uno de los mayores peligros de la habituación.
Confundir lo habitual con lo normal.
Cuando normalizamos lo inaceptable.
Muchas relaciones tóxicas no comienzan siendo extremadamente dañinas.
Empiezan con pequeños comportamientos que parecen aislados.
Un comentario despectivo.
Un control aparentemente inocente.
Un pequeño desprecio.
Una manipulación sutil.
Como esos cambios aparecen poco a poco, el cerebro va adaptándose.
Cada nuevo comportamiento parece solo un poco peor que el anterior.
Y cuando la situación se vuelve realmente grave, la persona ya lleva mucho tiempo habituándose a ella.
Algo parecido ocurre con el estrés laboral.
Hay personas que viven durante años con niveles altísimos de ansiedad.
Cuando alguien les pregunta si están estresadas responden que no.
Simplemente porque ya no recuerdan cómo era vivir sin ese nivel constante de tensión.
La habituación ha convertido el malestar en normalidad.
También olvidamos lo mucho que hemos avanzado.
Existe otra consecuencia menos conocida.
Nos habituamos también a nuestros propios logros.
Muchas personas sienten que no avanzan en la vida.
Sin embargo, cuando comparan su situación actual con la de hace cinco o diez años, descubren cambios enormes.
El problema es que esos cambios ocurrieron poco a poco.
Y nuestro cerebro deja de percibir aquello que se vuelve cotidiano.
Por eso es tan fácil olvidar de dónde venimos.
Olvidar todo lo que hemos aprendido.
Todo lo que hemos superado.
Todo lo que un día parecía imposible.
Cómo romper la habituación.
La buena noticia es que podemos reducir sus efectos.
No eliminarlos por completo, porque forman parte del funcionamiento normal del cerebro.
Pero sí hacer que condicionen menos nuestra manera de vivir.
Una de las mejores estrategias consiste en cambiar de perspectiva.
Viajar, conocer personas diferentes o simplemente exponernos a realidades distintas nos recuerda que nuestro día a día no es el único que existe.
Otra herramienta muy útil es mirar hacia atrás.
Recordar cómo era nuestra vida hace algunos años.
Revisar fotografías.
Leer antiguos diarios.
Pensar en aquello que deseábamos entonces.
Ese ejercicio devuelve valor a muchas cosas que hoy damos por hechas.
También resulta muy útil practicar la gratitud.
No como una obligación de pensar siempre en positivo, sino como un entrenamiento de la atención.
Nuestro cerebro presta una enorme atención a lo que falta.
Practicar el agradecimiento consiste en enseñarle también a reconocer lo que ya existe.
Por último, a veces conviene alejarnos temporalmente de aquello a lo que nos hemos acostumbrado.
Un descanso del trabajo.
Un tiempo lejos del móvil.
Un viaje.
Un cambio de rutina.
Incluso unos días de silencio.
Cuando regresamos, muchas veces volvemos a percibir cosas que llevaban meses siendo invisibles para nosotros.
La verdadera riqueza.
Vivimos en una cultura que nos anima constantemente a buscar lo siguiente.
El siguiente objetivo.
La siguiente compra.
El siguiente viaje.
La siguiente meta.
Pero quizá una parte importante de la felicidad no dependa únicamente de conseguir más.
Quizá dependa de recuperar la capacidad de valorar aquello que ya forma parte de nuestra vida.
Porque la habituación hace que dejemos de ver muchas cosas.
Y cuando dejamos de verlas, es fácil creer que ya no tienen valor.
Sin embargo, siguen siendo igual de valiosas que el primer día.
No es la realidad la que ha cambiado.
Es nuestra atención.
Y tal vez una de las habilidades más importantes que podemos desarrollar no sea acumular experiencias cada vez más extraordinarias, sino aprender a mirar de nuevo con ojos nuevos aquello que un día fue exactamente el sueño que estábamos esperando cumplir.
