Hay situaciones que escapan completamente a nuestro control.
Podemos perder un trabajo.
Una relación puede terminar.
Puede llegar una crisis económica.
Podemos enfermarnos.
Podemos recibir una mala noticia cuando menos lo esperamos.
Ninguna persona puede evitar que ocurran acontecimientos difíciles.
Sin embargo, existe una diferencia enorme entre unas personas y otras cuando esos acontecimientos aparecen.
Mientras unas sienten que su vida depende por completo de las circunstancias, otras centran su energía en aquello que todavía pueden hacer.
La psicología lleva décadas estudiando esta diferencia.
Y tiene un nombre: locus de control.
¿Qué es el locus de control?
El concepto fue desarrollado por el psicólogo Julian Rotter para explicar cómo interpretamos el origen de lo que nos sucede.
De forma sencilla, describe dónde creemos que se encuentra el control de nuestra vida.
Algunas personas consideran que casi todo depende de factores externos: la suerte, el destino, otras personas, la economía o las circunstancias.
Otras creen que, aunque no pueden controlar todo lo que ocurre, sí pueden influir de manera importante en la forma en la que responden a esos acontecimientos.
Ninguno de los dos extremos explica toda la realidad.
La vida siempre es una combinación de factores que dependen de nosotros y factores que no.
La cuestión es dónde decidimos poner nuestra atención.
El peligro de creer que no podemos hacer nada.
Imagina que dos personas pierden su empleo el mismo día.
Las dos reciben exactamente la misma noticia.
La primera piensa:
«Con la situación actual no hay nada que hacer. Todo depende de la suerte.»
La segunda también siente miedo e incertidumbre.
Pero, después de unos días, empieza a hacerse preguntas diferentes.
¿Qué habilidades necesito mejorar?
¿Puedo aprender algo nuevo?
¿Hay otros sectores donde pueda trabajar?
¿Quién podría orientarme?
Las dos personas han vivido el mismo problema.
La diferencia está en cómo interpretan su capacidad para influir en lo que viene después.
Lo que no controlas y lo que sí.
Uno de los errores más comunes consiste en intentar controlar aquello que nunca dependerá de nosotros.
No podemos controlar lo que otra persona piensa.
No podemos cambiar el pasado.
No podemos decidir cómo actuarán los demás.
No podemos evitar que aparezcan dificultades.
Pero sí podemos decidir cómo responder.
Podemos aprender.
Podemos pedir ayuda.
Podemos desarrollar nuevas habilidades.
Podemos cambiar algunos hábitos.
Podemos elegir nuestras próximas acciones.
Esa diferencia parece pequeña.
Sin embargo, cambia completamente la forma de afrontar la vida.
Responsabilidad no significa culpa.
Hablar de asumir la responsabilidad suele generar cierta confusión.
Algunas personas interpretan este mensaje como si significara que todo lo malo que les ocurre es culpa suya.
No es así.
La responsabilidad y la culpa son conceptos muy distintos.
No elegimos muchas de las situaciones que vivimos.
Nadie elige sufrir una enfermedad.
Nadie elige una crisis económica.
Nadie elige haber crecido en un entorno difícil.
Pero sí podemos asumir la responsabilidad de decidir qué hacemos a partir de ese momento.
La responsabilidad no consiste en cargar con el pasado.
Consiste en recuperar la capacidad de actuar sobre el presente.
La importancia de dejar de preguntar «¿por qué a mí?»
Cuando atravesamos una situación difícil es natural preguntarnos por qué ha ocurrido.
A veces esa pregunta puede ayudarnos a comprender lo sucedido.
El problema aparece cuando nos quedamos atrapados en ella.
Hay otra pregunta que suele resultar mucho más útil.
¿Qué puedo hacer ahora?
Ese pequeño cambio dirige nuestra atención hacia aquello que todavía depende de nosotros.
Y esa sensación de poder actuar suele reducir la sensación de impotencia.
El riesgo del victimismo permanente.
Todos podemos ser víctimas de determinadas circunstancias.
Eso forma parte de la realidad.
El problema aparece cuando esa identidad se convierte en permanente.
Si creemos que nunca podemos hacer nada para mejorar nuestra situación, dejamos de buscar soluciones.
Dejamos de intentarlo.
Y terminamos confirmando la idea inicial de que nada puede cambiar.
En psicología existe un fenómeno conocido como indefensión aprendida.
Ocurre cuando una persona, después de vivir repetidas experiencias donde siente que no tiene control, termina dejando de actuar incluso cuando sí existen oportunidades para cambiar las cosas.
Por eso resulta tan importante recordar que, aunque no siempre podamos controlar los acontecimientos, muchas veces sí podemos controlar nuestra respuesta.
Recuperar el control paso a paso.
Desarrollar un locus de control más interno no significa pensar que todo depende únicamente de nosotros.
Significa acostumbrarnos a buscar siempre el siguiente paso posible.
Si una relación termina, quizá no podamos cambiar la decisión de la otra persona.
Pero sí podemos cuidar nuestra salud mental.
Aprender sobre relaciones.
Buscar apoyo.
Comprender lo ocurrido.
Si un proyecto fracasa, quizá no podamos recuperar el tiempo invertido.
Pero sí podemos analizar los errores y utilizar esa experiencia para construir algo mejor.
Cada pequeña decisión devuelve una parte de la sensación de control.
Y esa sensación es uno de los motores más importantes del cambio.
Un ejercicio sencillo.
Cuando aparezca un problema importante, divide una hoja en dos columnas.
En la primera escribe todo aquello que no depende de ti.
Las decisiones de otras personas.
El pasado.
La economía.
Las circunstancias que no puedes modificar.
En la segunda escribe únicamente aquello sobre lo que sí puedes actuar.
Tus hábitos.
Tus decisiones.
Lo que puedes aprender.
Las personas con las que puedes hablar.
Los recursos que puedes buscar.
Después, dedica la mayor parte de tu energía a esa segunda columna.
No porque la primera deje de existir.
Sino porque es la única sobre la que realmente puedes influir.
El verdadero poder.
Muchas personas esperan a que las circunstancias cambien para empezar a actuar.
Otras empiezan a actuar precisamente porque las circunstancias son difíciles.
No siempre conseguirán el resultado que desean.
La vida nunca ofrece garantías.
Pero aumentan enormemente sus posibilidades de construir una realidad diferente.
El locus de control no consiste en creer que podemos controlarlo todo.
Consiste en comprender que siempre existe un espacio, por pequeño que sea, donde nuestras decisiones todavía importan.
Y, muy a menudo, ese pequeño espacio termina marcando una diferencia enorme con el paso de los años.
Quizá nunca podamos elegir todas las cartas que la vida pone sobre la mesa.
Pero sí podemos decidir cómo jugar la partida.
Y esa decisión, repetida una y otra vez, puede cambiar mucho más de lo que imaginamos.
