Dentro del mundo del crecimiento personal y la espiritualidad existe una idea que se repite constantemente: hay que vibrar alto.
Se habla de mantener una energía elevada, pensar siempre en positivo y manifestar desde el amor, la gratitud y la abundancia.
La intención puede ser buena.
El problema aparece cuando esa idea se interpreta de una forma peligrosa.
Cuando creemos que sentir tristeza, ira, miedo o frustración significa que estamos haciendo algo mal.
Y, como consecuencia, empezamos a luchar contra nuestras propias emociones.
Ninguna emoción es el enemigo.
La ira.
La tristeza.
La culpa.
El miedo.
La decepción.
La frustración.
Todas ellas suelen clasificarse como emociones «negativas».
Sin embargo, desde la psicología sabemos que las emociones no son buenas ni malas.
Son información.
Cada una cumple una función.
El miedo nos alerta de un posible peligro.
La tristeza suele aparecer cuando experimentamos una pérdida y necesitamos adaptarnos a ella.
La ira puede señalar que sentimos que se ha cruzado un límite importante para nosotros.
Intentar eliminar estas emociones por completo sería como arrancar las luces de advertencia del salpicadero de un coche porque nos molestan.
Dejaríamos de ver el problema.
Pero el problema seguiría existiendo.
La trampa del positivismo constante.
A veces confundimos el crecimiento personal con la obligación de estar bien todo el tiempo.
Nos repetimos afirmaciones positivas.
Intentamos sonreír.
Nos convencemos de que debemos sentir amor, paz y gratitud constantemente.
Pero, ¿qué ocurre cuando por dentro seguimos sintiendo rabia o tristeza?
Muchas personas terminan haciendo algo muy común.
Esconden la emoción.
No porque haya desaparecido.
Sino porque creen que no deberían sentirla.
En psicología existe un concepto conocido como supresión emocional el intento consciente de no expresar o no mostrar una emoción. Sabemos que esta estrategia puede reducir la expresión externa, pero no hace que la emoción desaparezca necesariamente y, mantenida en el tiempo, suele asociarse con un mayor malestar y más estrés.
Negar una emoción no equivale a resolverla.
Lo que resistes suele seguir llamando tu atención.
Existe una frase muy conocida, atribuida con frecuencia al psiquiatra Carl Gustav Jung:
> «Lo que resistes, persiste.»
Aunque la cita exacta es discutida, la idea refleja algo que muchas personas experimentan.
Cuanto más intentamos no pensar en algo, más presente parece estar.
Cuanto más luchamos por no sentir una emoción, más espacio ocupa en nuestra mente.
No porque la emoción quiera hacernos daño.
Sino porque todavía está intentando decirnos algo.
Escuchar antes de cambiar.
Cuando aparece una emoción incómoda solemos preguntarnos:
«¿Cómo hago para dejar de sentir esto?»
Quizá exista una pregunta mejor.
**¿Qué intenta decirme esta emoción?**
¿Estoy viviendo una situación injusta?
¿Necesito poner límites?
¿Estoy atravesando una pérdida?
¿Hay algo importante que todavía no he aceptado?
Las emociones no siempre tienen razón.
Pero casi siempre tienen un motivo.
Escucharlas no significa obedecerlas.
Significa comprender por qué han aparecido.
Sentir no significa quedarse atrapada.
Existe otro malentendido frecuente.
Algunas personas creen que gestionar una emoción consiste en revivirla una y otra vez.
No es eso.
Gestionar una emoción implica permitirnos reconocerla sin negarla ni actuar impulsivamente por ella.
Podemos observar cómo se manifiesta.
Qué pensamientos la acompañan.
Qué necesidades pone de manifiesto.
Y, poco a poco, dejar que pierda intensidad.
En muchas ocasiones, cuando dejamos de pelear contra una emoción, esta cambia con el paso del tiempo de forma natural.
El pasado también deja huellas.
Hay experiencias que continúan influyendo en nosotros muchos años después.
Una traición.
Una ruptura.
Una pérdida.
Una etapa especialmente difícil.
No porque estemos condenados a vivir en el pasado.
Sino porque algunas experiencias necesitan tiempo, reflexión o incluso ayuda profesional para ser integradas.
Superar algo no consiste en fingir que nunca ocurrió.
Consiste en conseguir que ese recuerdo deje de dirigir nuestra vida presente.
La paz no nace de ignorar lo que sentimos.
A veces imaginamos la paz interior como un estado en el que nunca aparecen emociones desagradables.
Quizá sea justo al contrario.
La verdadera paz no consiste en no sentir tristeza.
Consiste en no tener miedo de sentirla cuando aparece.
No consiste en no enfadarse nunca.
Consiste en saber qué hacer con ese enfado para que no termine controlando nuestras decisiones.
Las personas emocionalmente sanas no son aquellas que siempre están felices.
Son aquellas que pueden atravesar emociones difíciles sin quedarse atrapadas en ellas.
¿Y qué tiene que ver esto con «vibrar alto»?
Si entiendes por vibrar alto vivir con más serenidad, equilibrio, gratitud y bienestar, entonces ese estado no suele alcanzarse ignorando el dolor.
Se construye atravesándolo.
No necesitas fingir que todo está bien cuando no lo está.
No necesitas sonreír mientras reprimes lo que sientes.
Puedes darte permiso para sentir.
Reflexionar.
Aprender.
Pedir ayuda si la necesitas.
Y continuar avanzando.
Muchas veces la calma no aparece porque obligamos a nuestra mente a pensar en positivo.
Aparece porque dejamos de luchar contra nosotros mismos.
La inteligencia emocional empieza por aceptar.
Aceptar una emoción no significa resignarse.
Significa reconocer honestamente lo que está ocurriendo.
Solo aquello que reconocemos puede transformarse.
Solo aquello que miramos de frente puede comprenderse.
Y solo aquello que comprendemos deja de gobernarnos desde la sombra.
Quizá el objetivo no sea vivir permanentemente en un estado de euforia o de positividad.
Quizá el verdadero crecimiento consista en desarrollar la capacidad de atravesar todas las emociones humanas con más conciencia, más equilibrio y más compasión hacia nosotros mismos.
Porque no siempre elegimos lo que sentimos.
Pero sí podemos aprender a relacionarnos con ello de una forma mucho más saludable.
