El equilibrio emocional: por qué las mejores decisiones rara vez se toman desde los extremos

El equilibrio emocional: por qué las mejores decisiones rara vez se toman desde los extremos

Todos hemos tomado alguna decisión de la que después nos hemos arrepentido.

Enviar un mensaje impulsivo.

Responder con agresividad en una discusión.

Aceptar un compromiso demasiado deprisa.

O rechazar una oportunidad por miedo.

Cuando miramos atrás, muchas veces descubrimos que el problema no fue la decisión en sí.

Fue el estado emocional desde el que la tomamos.

Las emociones forman parte de la vida.

Nos orientan.

Nos protegen.

Nos ayudan a adaptarnos.

Pero cuando alcanzan una intensidad muy alta, pueden reducir nuestra capacidad para analizar una situación con perspectiva.

Por eso, aprender a regularlas puede ser una de las habilidades más valiosas que podemos desarrollar.

Ninguna emoción es el enemigo.

A veces hablamos de emociones positivas y emociones negativas.

Sin embargo, desde la psicología sabemos que todas cumplen una función.

La tristeza puede ayudarnos a procesar una pérdida.

El miedo nos prepara para responder ante un peligro.

La ira puede aparecer cuando sentimos que se ha vulnerado un límite importante para nosotros.

La alegría fortalece nuestros vínculos.

El amor favorece la conexión con los demás.

No se trata de eliminar unas emociones y conservar otras.

Se trata de aprender a relacionarnos con todas ellas de una forma saludable.

El problema no suele ser la emoción, sino la intensidad

Imagina que alguien te insulta.

Si reaccionas en el primer segundo, dominada completamente por la ira, es posible que digas cosas de las que después te arrepientas.

Ahora imagina la situación contraria.

Acabas de recibir una noticia maravillosa.

Estás eufórica.

Te sientes invencible.

En ese estado quizá aceptes compromisos, inversiones o decisiones importantes sin valorar adecuadamente los riesgos.

Los extremos, tanto agradables como desagradables, pueden alterar nuestra forma de evaluar la realidad.

Por eso muchas decisiones importantes merecen esperar.

La distancia cambia la perspectiva

Existe un motivo por el que tantas personas dicen:

«Dormiré sobre ello.»

No es una simple expresión.

Con el paso de las horas, la intensidad emocional suele disminuir.

Y cuando la emoción pierde fuerza, el razonamiento recupera espacio.

Eso no significa que la emoción desaparezca.

Significa que deja de ocupar todo el escenario.

A veces basta con unas horas.

Otras veces hacen falta varios días.

Pero concedernos ese tiempo puede evitar decisiones impulsivas difíciles de reparar.

Responder no es lo mismo que reaccionar.

Reaccionar es actuar de forma automática.

Responder implica introducir una pausa entre lo que ocurre y lo que hacemos.

Esa pausa puede durar unos segundos.

Unas horas.

O incluso varios días.

Pero en ese pequeño espacio aparece algo muy importante.

La posibilidad de elegir.

Las personas emocionalmente maduras no son aquellas que nunca sienten ira o tristeza.

Son aquellas que aprenden a decidir qué hacer con esas emociones.

El centro no significa indiferencia.

Hablar de equilibrio emocional no significa vivir sin entusiasmo.

Ni convertirse en una persona fría.

Ni evitar cualquier emoción intensa.

El equilibrio consiste en poder sentir profundamente sin perder completamente el control de nuestras acciones.

Podemos estar enfadados y seguir hablando con respeto.

Podemos sentir miedo y aun así actuar con valentía.

Podemos estar tristes y seguir cuidando de nosotros mismos.

Regular una emoción no significa apagarla.

Significa impedir que decida por nosotros.

Cuando otra persona pierde el control.

En ocasiones alguien nos critica, nos insulta o actúa con hostilidad sin que entendamos el motivo.

Nuestra primera reacción suele ser pensar:

«¿Qué he hecho mal?»

Sin embargo, no siempre somos la causa del comportamiento de los demás.

Las personas interpretan la realidad desde su propia historia, sus experiencias, sus creencias y su estado emocional.

Eso no significa que toda crítica hable únicamente de quien la hace.

A veces una crítica es útil y conviene escucharla.

Otras veces refleja más el malestar o la forma de reaccionar de la otra persona que nuestra conducta.

Aprender a distinguir una situación de otra requiere calma y reflexión.

La serenidad también se entrena.

El equilibrio emocional no aparece por casualidad.

Se construye.

Dormir bien.

Descansar.

Hacer ejercicio.

Aprender a identificar lo que sentimos.

Hablar con alguien de confianza.

Escribir.

Meditar.

Acudir a terapia cuando es necesario.

Todo ello puede ayudarnos a desarrollar una mayor capacidad para regular nuestras emociones.

No porque dejemos de sentir.

Sino porque aprendemos a no ser arrastrados por cada emoción que aparece.

La paz no consiste en controlar el mundo.

Muchas personas buscan la paz intentando controlar todo lo que ocurre a su alrededor.

Que nadie les critique.

Que nunca haya conflictos.

Que las cosas salgan siempre como esperan.

Pero la vida rara vez funciona así.

Siempre existirán imprevistos.

Personas difíciles.

Pérdidas.

Cambios.

La paz interior no suele aparecer cuando conseguimos controlar el mundo.

Aparece cuando desarrollamos recursos para afrontar aquello que no podemos controlar.

Elegir desde la calma.

Quizá el objetivo no sea vivir permanentemente felices.

Ni evitar cualquier emoción desagradable.

Quizá el objetivo sea mucho más sencillo.

Desarrollar la capacidad de detenernos antes de actuar.

Escuchar lo que sentimos.

Comprender por qué aparece esa emoción.

Y decidir cuando la intensidad ha disminuido lo suficiente como para ver la situación con mayor claridad.

Porque la mayoría de los grandes errores no nacen de sentir demasiado.

Nacen de permitir que una emoción pasajera tome decisiones permanentes.

Y, muchas veces, el mayor acto de inteligencia emocional consiste simplemente en esperar.

Esperar a que la tormenta pase.

Y elegir el camino cuando volvamos a ver con claridad.