ES MEJOR ARREPENTIRSE DE HABERLO INTENTADO

ES MEJOR ARREPENTIRSE DE HABERLO INTENTADO

Hay una pregunta que me ha acompañado durante muchos años.

¿Qué pesa más: el fracaso o el arrepentimiento?

Durante mucho tiempo pensé que lo peor que podía pasar era equivocarme.

Fracasar.

Que algo saliera mal.

Que los demás vieran que no había conseguido aquello que me había propuesto.

Con el tiempo descubrí que estaba mirando en la dirección equivocada.

Fracasar duele.

Pero el arrepentimiento duele mucho más.

El fracaso tiene una característica que solemos olvidar: ocurre en un momento concreto.

Te caes.

Te levantas.

Aprendes.

Y, tarde o temprano, continúas caminando.

El arrepentimiento es diferente.

Puede acompañarte durante años.

Aparece de repente cuando recuerdas aquella persona a la que nunca le dijiste lo que sentías.

Aquel viaje que nunca hiciste.

Aquel proyecto que abandonaste antes incluso de empezar.

Aquella decisión que tomaste únicamente por miedo.

Es una pregunta que nunca termina de desaparecer.

«¿Y si lo hubiera intentado?»

No hay respuesta para esa pregunta.

Solo imaginación.

Y la imaginación casi siempre construye una versión idealizada de aquello que nunca vivimos.

Quizá habría salido mal.

Quizá habría salido bien.

Nunca lo sabremos.

Por eso creo que la inacción tiene un precio mucho más alto de lo que solemos pensar.

Muchas personas creen que son prudentes.

En realidad, muchas veces simplemente tienen miedo.

Esperan el momento perfecto.

Esperan sentirse preparadas.

Esperan tener más dinero.

Más experiencia.

Más seguridad.

Más confianza.

Pero hay algo curioso.

Casi nadie empieza sintiéndose preparado.

La confianza no aparece antes de actuar.

La confianza aparece después de comprobar que eres capaz de sobrevivir incluso cuando las cosas no salen como esperabas.

Si esperas a perder el miedo para empezar, probablemente pasarás gran parte de tu vida esperando.

El miedo no desaparece.

Aprendes a caminar con él.

Eso fue una de las mayores lecciones que me dio la vida.

El valor no consiste en no sentir miedo.

Consiste en decidir que aquello que deseas es más importante que ese miedo.

He conocido personas extraordinariamente inteligentes que nunca desarrollaron su talento porque esperaban el momento perfecto.

También he conocido personas mucho menos preparadas que consiguieron cosas increíbles simplemente porque se atrevieron a empezar.

La diferencia rara vez estaba en la capacidad.

Estaba en la acción.

Vivimos en una cultura donde parece que equivocarse es un fracaso.

Nos enseñan desde pequeños que cometer errores significa haber hecho algo mal.

Sin embargo, casi todo lo que sabemos hacer hoy nació de una larga colección de errores.

Nadie aprende a caminar sin caerse.

Nadie aprende un idioma sin equivocarse.

Nadie construye una buena relación sin cometer errores.

Nadie encuentra su camino sin perderse antes varias veces.

¿Por qué esperamos entonces construir una buena vida sin equivocarnos?

Creo que una de las trampas más peligrosas del miedo es que suele disfrazarse de lógica.

Nos convence de que todavía no es el momento.

De que necesitamos pensarlo un poco más.

De que sería mejor esperar.

Mientras tanto, pasan los meses.

Luego los años.

Y un día descubres que llevas demasiado tiempo posponiendo la misma decisión.

La vida rara vez cambia de golpe.

Normalmente cambia cuando acumulamos pequeñas decisiones valientes.

La llamada que por fin haces.

El viaje que por fin reservas.

La relación que decides terminar.

El proyecto que por fin comienzas.

El «no» que nunca te habías atrevido a decir.

El «sí» que llevabas demasiado tiempo guardando.

Ninguna de esas decisiones parece enorme en el momento.

Pero muchas terminan cambiando por completo el rumbo de una vida.

También he aprendido que no todos los fracasos son iguales.

Existe el fracaso de quien lo intenta.

Y existe el fracaso de quien nunca se atreve.

Del primero siempre se aprende algo.

Del segundo apenas queda una colección de oportunidades perdidas.

Si miro hacia atrás, no son mis errores los que más recuerdo.

Recuerdo las veces que fui demasiado prudente.

Las veces que dejé que el miedo decidiera por mí.

Las oportunidades que rechacé porque imaginé escenarios terribles que nunca llegaron a ocurrir.

Nuestro cerebro tiene una curiosa tendencia a sobreestimar los riesgos y a infravalorar nuestra capacidad para adaptarnos.

Imaginamos el peor desenlace posible.

Pero casi nunca imaginamos algo igual de importante.

Nuestra capacidad para levantarnos después.

Y, sin embargo, eso es exactamente lo que hacemos una y otra vez.

Sobrevivimos.

Aprendemos.

Volvemos a empezar.

La vida tiene una manera muy peculiar de recompensar a quienes se atreven.

No siempre con éxito.

No siempre con aquello que esperaban.

Pero casi siempre con algo igual de valioso.

Experiencia.

Y la experiencia termina convirtiéndose en una forma de libertad.

Porque deja de dar tanto miedo aquello que ya has atravesado.

Hay personas que viven intentando no equivocarse.

Otras viven intentando no arrepentirse.

Yo prefiero pertenecer al segundo grupo.

Prefiero mirar atrás y recordar una colección de intentos, incluso de fracasos, antes que una vida construida alrededor del miedo.

Porque el miedo nunca desaparece del todo.

Pero el tiempo sí.

Y llegará un día en el que ya no podremos volver atrás para hacer aquello que hoy seguimos aplazando.

Quizá dentro de muchos años no recuerde la mayoría de mis éxitos.

Ni siquiera recordaré muchos de mis fracasos.

Pero espero no tener que preguntarme demasiadas veces qué habría ocurrido si hubiera tenido el valor de intentarlo.

Porque, al final, una vida llena de errores sigue siendo una vida vivida.

Una vida llena de oportunidades perdidas es, muchas veces, una vida que nunca llegó a comenzar.